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No
camina quien quiere, sino quien puede. Pero entre los 9 y los 15
meses los bebés dejarán de ser dependientes de los
adultos para alcanzar el logro diferenciador de la especie humana: la
bipedestación. Para que se largue a dar los primeros pasos
influyen numerosos factores individuales.
Fundamentalmente
el desarrollo neuromuscular progresivo determinará que el
bebé camine cuando tenga la fuerza muscular, el equilibrio y
la coordinación neuronal necesaria. Esto es igual en casi
todas las variadas etapas del desarrollo, incluyendo más
adelante el control de esfínteres.
También
influye la herencia genética, aunque puede haber variantes
entre los hermanos. Las acciones que los grandes realicen para
estimularlo son útiles, en la medida que no le exijan mas
allá de lo que su período madurativo le permita. La
sobreestimulación lo confunde, lo aturde, lo somete a
esfuerzos excesivos y -en definitiva- no dan ningún resultado.
A través
de juegos, como ser estímulos para la marcha, es posible
ayudarlo a fortalecer sus piernas, a lograr flexibilidad, articular y
a crearle interés por moverse por su cuenta. Si el bebé
gatea, pronto tratará de aferrarse a la silla para otear el
horizonte... Cuidando la seguridad del ambiente, dejarle los objetos
un poquito lejos lo impulsará a alcanzarlos. Un bebé
que tiene todo a mano o que siempre le dan aquello que pide, no tiene
necesidad de molestarse, erguirse, gatear, treparse, etc., para conseguirlo.
Entre los 7 y
8 meses se puede sostener erguido si lo aferramos de las axilas o los
bracitos. Baila y se balancea, mientras prueba la fuerza de sus
rodillas y tobillos. Entre los 9 y 10 meses, sillas, muebles,
cajones, todo sirve de soporte para quedarse paradito unos instantes.
A partir de los 11 meses en adelante, tomado de ambas manos puede dar
sus primeros pasitos. Hasta el día en que mamá lo apoya
contra una pared, se aleja un poquito, le extiende los brazos y el
aventurero emprende la travesía.
Con respecto
al uso de la andadera, sus partidarios afirman que la mayor movilidad
fomenta su independencia, lo entretiene y estimula. Sus detractores
aseguran que los accidentes son más frecuentes, el bebé
que cae con el andador no puede incorporarse por si mismo, entonces
recomiendan una vigilancia estricta. Otros sugieren que no retrasa ni
adelanta el momento de empezar a caminar. El uso de andador debe
limitarse a unos breves momentos, no como sustituto del cuidado adulto.
Un detalle
fundamental es dejar al niño descalzo. Los zapatitos son
bellos para las visitas, pero el bebé necesita adherirse al
piso con la pinza dactilar de sus pies, sentir diferentes texturas,
trepar como hacen los monitos y formar sus arcos plantares. Los
zapatos son elementos extraños que aprietan el pie, resbalan
más fácilmente, le impiden madurar su equilibrio y si
no están diseñados adecuadamente pueden deformar los pies.
Conviene
brindarle un ambiente cálido, limpio, sin obstáculos a
su paso, permitirle caer y levantarse, sin trasmitirle nuestro miedo:
con un lugar apropiado, seguro y bajo la atenta, pero confiada mirada
de un grande, conviene recordar que a golpe se hacen los hombrecitos
y las mujercitas...
El idioma
inglés tiene un término muy apropiado para el
bebé que comienza a caminar: "toddler", deambulador.
Y así es: un deambulador con todo el universo para explorar. |