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El embarazo

Cuando ha ocurrido la concepción, o sea que el óvulo se ha unido con el espermatozoide, hecho que en condiciones normales tiene lugar en la trompa de Falopio, empieza la maravillosa secuencia que va a originar un nuevo ser. En este caso, el minúsculo embrión se dirige hacia el útero, a donde llega al cabo de una semana, justo antes que disminuyan las concentraciones de progesterona.

Dentro del útero, el embrión se acomoda en la capa más interna de este órgano (endometrio) y forma una pequeña cavidad en la que sigue desarrollándose y comienza a formarse la placenta. Esto se conoce como implantación y asegura la unión firme del embrión en desarrollo al útero de la madre.

Ahora bien, aquellas células derivadas del embrión que van a dar origen a la placenta empiezan a sintetizar otra hormona, esencial para mantener el embarazo durante las primeras semanas, llamada gonadotropina coriónica humana.

Dicha molécula asegura que el cuerpo amarillo del ovario siga en actividad y continúe produciendo progesterona, hasta cuando la placenta se haya desarrollado por completo y pueda asumir esta función, lo que demora alrededor de 10 semanas, a partir de la fecha de implantación.

Los cambios del embarazo

La acción de las distintas hormonas antes mencionadas y en particular de los estrógenos y la progesterona, es la responsable directa de la mayoría de cambios que experimenta el cuerpo de la mujer embarazada y que se manifiestan desde el útero hasta la piel.

Es muy importante que toda mujer comprenda en qué consisten las modificaciones normales y aprenda a asumir su nueva condición; de esta forma entenderá lo que está ocurriendo con su cuerpo y podrá distinguir entre los cambios esperados, propios del embarazo, y otras alteraciones que podrían sugerir la presencia de algún problema o una enfermedad.

Modificaciones en el útero y los ovarios

Sin duda alguna, uno de los órganos que más modificaciones sufre durante el embarazo, es el útero, pues debe albergar al bebé en desarrollo y crecimiento. Para ello, aumenta 4 a 5 veces de tamaño y sus paredes se tornan más gruesas y firmes, a la vez que cambia de forma y posición.

En las primeras semanas de la gestación, el aumento de tamaño no es evidente, porque el útero está profundo en la pelvis de la mujer y no se nota. No obstante, a partir del tercer mes ya está sobre el pubis y comienza a ascender, ocupando parte del abdomen (figura 3). Al crecer el útero, tensiona la piel del abdomen y con mucha frecuencia aparecen estrías, que no son otra cosa que cicatrices en los sitios donde se han desgarrado las fibras responsables de la firmeza de la piel.

Las estrías, si bien no son un problema grave, tienen una repercusión estética notoria y son muy difíciles de eliminar una vez se han formado.

Hasta el octavo mes y dependiendo de la posición del bebé, la parte superior del útero es más prominente y redondeada, pero al aproximarse la fecha del parto, como el bebé busca colocarse en la mejor posición para nacer, es usual que la madre observe cómo la parte más alta del útero desciende unos cuantos centímetros en el abdomen.

Mientras que el útero presenta grandes modificaciones, los ovarios permanecen en un estado de “reposo”, de modo que no liberan más óvulos y sólo recuperan esta función 4 a 6 semanas después del parto.

Genitales externos y vagina

Por efecto hormonal, aumenta la circulación de sangre en todos los órganos genitales de la mujer, incluyendo, por supuesto, la vagina y la vulva. Esto se manifiesta por mayor lubricación vaginal y, con frecuencia, por un flujo blanquecino, de aspecto grumoso y casi siempre sin olor.

Tal flujo se considera normal, pero cuando está acompañado de rasquiña, mal olor, ardor o es de color amarillento, hay que consultar al médico, quien muy seguramente tomará una muestra para establecer si existe o no una infección.

Crecimiento de los senos

A partir de la octava semana del embarazo, e incluso antes en algunas mujeres, los estrógenos comienzan a preparar a las glándulas mamarias para la lactancia. Es por eso que la mujer percibe, en primera instancia, una sensación molesta de peso y congestión en los senos.

En las siguientes semanas, los senos aumentan de tamaño y adquieren una conformación más redondeada, a la vez que el pezón y la areola se vuelven más oscuros (figura 4).

Debido al crecimiento de los senos, la piel se estira y pueden formarse estrías; para evitar que éstas sean muy prominentes y antiestéticas, es conveniente que durante el embarazo y la lactancia, la mujer utilice un sostén o brassier reforzado.

Este también contribuye a preservar la firmeza de los senos, porque ayuda a evitar la ruptura de las fibras que los sostienen.

Por otra parte, el crecimiento de los senos y su aumento de peso, junto con el crecimiento del útero repercuten sobre la columna vertebral; ello hace que los músculos de la región baja de la espalda tengan que contraerse con mayor fuerza para que la mujer se mantenga erguida y por eso se produce dolor de espalda.

Es importante mencionar que los senos sólo adquieren su tamaño y forma definitivos después del embarazo y la lactancia; así, no es de sorprender que una vez terminada la lactancia, la mujer posea senos más voluminosos.


Nota: Esta información no pretende ser un sustituto de la consulta con su médico u otros profesionales de la salud. Ante cualquier duda con relación a diagnóstico o tratamiento de alguna enfermedad, consulte con ellos de manera oportuna.

cuenta con el respaldo científico del cuerpo editorial de la revista médica ILADIBA http://www.iladiba.com/

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