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La noche antes
del parto, se desencadenó en mí un ataque severo de
inquietudes. Mi esposo me estrechó fuertemente mientras yo
descargaba mis temores sobre su hombro. Seré una buena madre ?
Sabré como serlo ? Aprenderé a serlo antes de causar
algún daño a mi indefenso bebé ?
Mis
preocupaciones me siguieron al hospital. Llamé a la enfermera
muchas veces al cuarto para que me mostrara nuevamente cómo
cambiar el pañal a mi bebé, cómo bañarlo,
cómo tomarle la temperatura y miles de cosas más que
nos esperaban -cuando estuviéramos solos- apenas unas horas después.
No es que no
hubiéramos pensado sobre ello antes de tener a mi bebé.
Habíamos gastado horas fantaseando a quién se
parecería, asistiendo a cursos de preparación al parto
y leyendo sobre las diferentes etapas del desarrollo fetal en los
libros que teníamos a mano.
Pero en
nuestro entusiasmo color de rosa, mi marido y yo simplemente no
habíamos comprendido en toda su magnitud lo que
significaría tener con nosotros un bebé de carne y
hueso enteramente a nuestro cuidado.
De hecho,
nadie puede prepararse por completo para la profunda experiencia de
ser padre o madre por primera vez. Pero los expertos prenatales dicen
que es mucho más probable que para las parejas que discuten a
fondo lo que realmente significa ser padres -aún antes de que
la mujer se embarace- será más fácil esta
transición. Muchas parejas no se enfrentan con la fría
realidad antes de concebir un hijo: no piensan sobre la pérdida
de libertad, el impacto que tendrá sobre su economía o
qué harán si ambos trabajan y el niño está
enfermo.
Paralelamente
a la preparación física y al estilo de vida que los
futuros padres deben considerar aún antes de la
concepción, harían bien en evaluar su preparación
emocional antes de favorecer la concepción. Harían
bien en discutir cómo afectará sus carreras y su
familia, las relaciones matrimoniales y las actitudes relativas a la disciplina. |